viernes, 11 de mayo de 2018

ignacio zuloaga - retrato de la condesa mathieu de noailles 1913


john singer sargent- retrato de madame allovard-jovan 1884


John Singer Sargent, con ese nombe y con esos apellidos, fué un pintor florentino. Sus padres, él de Gloucester, Massachusetts y ella de Phyladelphia, se embarcaron en un largo viaje por Europa en busca de consuelo tras la inesperada muerte del primero de sus hijos y acabaron afincándose en nuestro viejo continente. Su jóven valor, John, qué a sus 11 años ya hablaba con fluidez el francés y el italiano y se defendía bastante bién en alemán, empezó estudiando muy jóven en la Academia de Bellas Artes de la ciudad de Florecia y acabó sus días glorificado y triunfante en la Inglaterra de entreguerras.
Con tan solo 18 marchó con su padre a París permaneciendo bajo su influjo mágico hasta los 30. Allí, bajo la enseñanza del todavía joven maestro Carolus-Duran, se hizo pintor excelso y portentoso retratista. Singer Sargent le debe a éste su pasión por la pintura de Velázquez y su contribución al desarrollo del retrato moderno. Todavía más jóven, un Ramón Casas de tan solo 15 años, acudió también a la academia de Carolus-Durán y transmitió sus avanzadas ideas progresistas y hasta anarquistas a su condiscípulo florentino, ideas qué de ningún modo debían parecer extrañas en aquél ambiente antiacademicista donde se hacía hincapié en la práctica de la pintura alla prima,  forma de pintar que tanto gustaba a pintores como Velázquez ó Goya: la aplicación directa, espontánea y simúltánea de las pincelas sobre el lienzo prescindiendo del método académico de extensión de capas sucesivas que han de secar antes de dar las siguientes. 
Tres años después de su llegada a la capital del Sena estaba en condiciones de exponer en el Salón, donde al año siguiente obtuvo una mención honorable por su magnífica obra Fishings for oysters at Cancale que podeis admirar en la Galería de Arte Corcoran de Washington y a partir de ahí comenzaron a lloverle encargos, retratos principalmente de los que os mostramos tres de los primeros, el de Édouard y Marie-Louise Pailleron del año 1881,  el que llevó a cabo para Mrs. Henry White en 1883 y el más famoso y encantador de los tres, Las hijas de Edward Darley Boit (1882), que algunos han querido ver directamente emparentado con las Meninas de nuestro Velázquez.

Singer Sargent triunfaba en el París de la Belle Epoque cuando Zuloaga llegó de España para sumarse a la vanguardia de pintores y artistas y, al igual que éste, hizo del retrato uno de los pilares de su desarrollo artístico a la par que le deportaba una ansiada estabilidad económica. La demanda de éste género iba in crescendo a medida que se desarrollaba una clase burguesa pudiente que le otorgaba tanto una cualidad como objeto revelador de un cierto progreso social como de elemento apropiado para una inversión económica rentable. De ahí que todo aquel que quería ser considerado en ésta nueva sociedad tratara por todos los medios de hacerse con un retrato de algún afamado pintor.

En éste orden de cosas, sin embargo, John Singer Sargent no fué nunca requerido por madame Allovar-Jovan, dama originaria de los Estados Unidos y como el pintor expatriada en Francia, para que llevara a cabo el retrato que estamos viendo aunque con una ligera pero fundamental diferencia. El ansiaba pintarla y ofrecérselo y, finalmente aceptado, trasladó sus bártulos al castillo que el matrimonio poseía en la costa bretona y durante el verano de 1883 llevó a cabo su primera versión donde, Virginie Amélie, ese era su verdadero nombre de pila, luciendo el generoso escote que podemos contemplar, dejaba caer hasta medio brazo uno de sus dorados tirantes y ello, unido a su propia popularidad como mujer independiente, rica, al estar casada con una de las grandes fortunas de la época, Pierre Gautreau, y, según las gacetas de sociedad, proclive a los devaneos amorosos, provocó un rechazo de la obra en el Salón de 1884, hasta tal punto de que el artista, aunque subió el tirante tal como vemos, hubo de quedarse con el retrato y, más aún, provocó con seguridad, ante la caída en picado de encargos, su traslado al Reino Unido, donde, afortunadamente y como hemos adelantado al comienzo, prosperó artísticamente hasta convertirse en uno de los mejores retratistas de su generación. 

Sargent mantuvo expuesta la pintura en su estudio de Londres, según se cuenta le puso un nuevo nombre, Madame X, y finalmente, en 1916, lo vendió al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

El retrato destaca por la elegancia que trasmite la dama, tal como debía ser por el poderoso atractivo que al parecer provocaba entre los de su distinguido ambiente social, su sencillez y soltura de ejecución y sin lugar a dudas, por la blacura de su piel, blancura que se procuraba con una mezcla de polvos de arroz y lavanda.

emile bernard - danse de gitans 1897


viernes, 2 de marzo de 2018

emile bernard -mendigos españoles 1897


Emile Bernard , nacido en la ciudad francesa de Lille en 1868, es decir tan solo dos años mayor que Zuloaga y como ya adelantamos miembro destacado del grupo de Pont-Avent, abandonó la Bretaña francesa  buscando lugares y ambientes que revelaran  algo distinto en su espíritu artístico y acabó instalándose en el Cairo a finales del año 1893 donde se casó con su primera esposa de origen libanés, Hannénah Saati, de la que tuvo un hijo, Otse. Allí permanecería hasta 1903, nada menos que diez años, aún cuando inicialmente hubieron de pasar por una situación económica incierta hasta el punto de que, en un momento dado, en 1896, decidieron trasladarse a España, primero a Granada y más tarde a Sevilla donde conoció personalmente a Zuloaga aún cuando ya habían compartido sala en las famosas exposiciones de Le barc de Boutteville, para retornar de nuevo a la ciudad del Nilo al año siguiente. Ya entonces su mujer Hannénah  había contraído tuberculosis, enfermedad que un año antes en el Cairo se había llevado a su propia hermana Madeleine, célebre por su belleza y por haber capturado el corazón de Paul Gauguin.
La por entonces llamada tisis  acabó con la vida de sus dos hijos poco después. Como veis la desgracia se cebó con el gran pintor francés.

 La amistad con Zuloaga duraría toda la vida, amistad afianzada en su coincidente entusiasmo por la búsqueda de las raíces arcaicas y la espiritualidad por las que se movía la corriente simbolista. Mostramos éste retrato que el español le regaló el año 1897 en un estilo sorprendentemente afín al de Bernard y al que correpondería éste con su obra Danse de Gitans, que podemos contemplar en la siguiente entrada de éste blog. A ese mismo año pertenece Mendigos españoles que estamos viendo, un cuadro bastante influenciado por la forma de hacer de Zuloaga y qué, a mi parecer, no cabe dentro de sus magníficas aportaciones de esos años y anteriores, pero que refleja tanto en el colorido como en los propios caracteres su admiración y tributo al artista español. 

miércoles, 28 de febrero de 2018

paul serusier - sinfonia en verde 1913



A la pequeña localidad de Pont-Aven, allá donde el río Aven desemboca en el mar, no lejos del Finisterre bretón, se trasladó el pintor Paul Gauguin en el verano de 1886, cuando contaba 38 años, en busca de escenarios rurales lejos del ambiente fuertemente urbano, agobiante y excesivamente manoseado artísticamente de la capital de Francia. Además de respirar el aire puro de la inocencia y encontrar mejores condiciones para vivir que suavizarían sin duda su penuria económica, se encontró con una nutrida colonia de jóvenes estudiantes de arte, sinceros, rebeldes y espontáneos. En definitiva, encontró una vida nueva y un espíritu renovado. Allí acudiría sucesivamente y con Emile Bernard y Paul Serusier entre otros fundó la llamada Escuela de Pont-Avent, movimiento de carácter simbolista.

Cuatro años más tarde, en 1890, comienzan a exponer en la galería Le barc de Boutteville donde Ignacio Zuloaga presenta algunas de sus obras. A partir de ahí nuestro pintor eibarrés acude con ellos puntualmente a las exposiciones que cada año se van sucediendo en ésta sala y cultivará su amistad, en especial con Bernard, del que hablaremos en la siguiente entrada.

De Serusier todos seguramente conocereis su famosa obra el Talismán, llamado realmente Paisaje del Bois d’Amour, obra para muchos nacida de la inspiración del propio Gauguin a quién, como tantos otros reunidos en Pont-Avent, Serusier idolatraba; éste le alentó a usar el color de forma libre y subjetiva en la interpretación del paisaje y el resultado fué esta bellísima obra pintada enteramente en la tapa de una caja de puros y que los Nabis acogerían como su talismán artístico.
Creo que es necesario que veais algunas de sus obras de entre 1888, fecha del Talismán y los primeros años del siguiente siglo, para apreciar la fuerte influencia de su declarado maestro Gauguin pero también la de los consabidos okiyo-e japoneses por todos valorados e imitados desde hacía años.

La obra que estamos viendo es ya del año 1913 y representa un bellísimo bodegón nabi, de armonías verdosas perfectas, con éste color presente en todos los tonos empleados exceptuando solo algunas pinceladas del complementario rojo oscuro. Si quereis ver ésta obra muy ampliada, acudid al enlace que nos ha proporcionado el Museo de Bellas Artes de Bilbao, propietario del cuadro.

sábado, 10 de febrero de 2018

ignacio zuloaga - retrato de valentine dethomas 1895


Zuloaga vivió toda su vida en París, aunque ni mucho menos de una forma continuada, iendo y viniendo con frecuencia a España y alternando con viajes a otros países. Aunque abandona esta capital para trasladarse a Zumaya tras la ocupación alemana durante la Primera Gran Guerra, retorna a la primavera siguiente y no vuelve a nuestra nación hasta 1917.
Así, tuvo ocasión de tratar a casi todos los artístas de vanguardia del momento y a trabar amistad con algunos, españoles y franceses. Queramos o no queramos, la variedad alimenta siempre la riqueza en todos los órdenes de la vida, desde la composición y vida social de los pueblos hasta las obras que puedan salir de las manos del artista, del escritor y hasta, del más excelso de todos, el poeta. Sin mezcla la inspiración corre el riesgo de anquilosarse, encallecer y atrofiarse en una rueda monótona y aburrida. Zuloaga en París, desde su arribada a esta capital, no perdió ni mucho menos el tiempo, recibiendo influencias de unos y de otros que inmediatamente se empezaron a reflejar en sus obras.

Coincidía por las noches en la Academia La Palette con un grupo de pintores catalanes entre los que se encontraba Santiago Rusiñol. El centro lo dirigían Gervex, autor de la famosísima obra Rolla de 1878, obra rechazada por el Salón de París de ese mismo año por "indecente", según se expuso por lo insinuantes que podían parecer al espectador las ropas esparcidas en desorden al pié de la cama que ocupa una mujer desnuda contemplada por su amante, Eugène Carrière y Pierre Puvis de Chavannes a quién admiraba. Con Carriere contrairía una gran amistad. 
Sin embargo fué otro personaje quién tuvo más trascencencia , desde su incorporación a esta Academia en 1891, en la relación de nuestro pintor con el grupo de pintores destacados del París de aquellos años. Nos referimos a Maxime Pierre Jules Dethomas, pintor, grabador, ilustrador y  diseñador teatral y futuro director artístico de la Opera de París, de familia perteneciente a la alta burguesía de Burdeos que contaba entre sus ascendientes con lo mas selecto de la política, la banca y el arte. A través de él Zuloaga entraría en contacto con Toulouse Lautrec, amigo íntimo de Maxime desde su primer encuentro en la librería Revue Indépendante, y de ahí con los impresionistas, Manet, Degas y todos los demás.

Su amistad con él y con la familia Dethomas fué en aumento hasta el punto de ser invitado a pasar una temporada en sus posesiones de Burdeos. Allí Zuloaga formaría una piña con sus hermanas y en especial con su hermanastra Valentine, con la que finalmente se casaría en 1899, y a la que vemos en éste cuadro teñido de simbolismo  cuando contaba con venticuatro años de edad. En adelante esta jóven se convertiría en el eje espiritual y artístico del pintor. No en vano era ya una influyente mujer que mantenía una intensa relación con medio París, Marcel Proust, Debussy, Falla, Manet, Lautrec, Gauguin, Degas, Ravel y Rodin entre otros. 

El cuadro que estamos viendo, de grandes dimensiones, 2 x 1.2 mts, es, para mi gusto, de lo mejor de la exposición, con influencias claramente simbolistas como ya hemos anteriormente apuntado, pero dentro del estilo frío y de ambiente lúgrube pero intenso que Zuloaga nunca abandonó. El detalle del arbol retorcido por el viento detrás de Valentine acentúa paradógicamente su serenidad y majestuosidad y refuerza las brillantes facciones del rostro de la jóven, rostro que os pediría ampliarais en pestaña aparte para apreciar la sencillez y precisión de sus pinceladas, curvas estas en consonancia con las del resto de la obra. Por otro lado hay que mencionar la parquedad y, al mismo tiempo, intensidad del negro de la vestimenta; un solo color, liso total, sin adornos ni pliegues, configura todo un modelo bellísimo, recordando otra vez por su prestancia al gran Velázquez.

martes, 6 de febrero de 2018

ignacio zuloaga - la tia luisa 1906


Si se puede hablar de optimismo y alegría de vivir en toda una sociedad como la europea ó, más extensivamente, en todos los países ya industrializados, los años de finales del siglo XIX y de la primera década del XX vienen marcados por esta manifestación consecuencia de un creciente bienestar económico y una gran euforia derivada de los numerosos adelantos técnicos qué, aún teniendo sus raíces muchos lustros atrás, empezaban a dar auténticos y palpables frutos de forma, por fín, extensiva, no solo en las clases pudientes  sino en la cada vez más numerosa burguesía y clases medias establecidas en los grandes núcleos de población.
El uso de la electricidad como fuente de energía e iluminación, la salida a la venta de los primeros automóviles con motor de combustión interna en 1885, cuando ya las locomotoras a vapor recorrían muchos kilómetros por toda Europa tras la inaguración de la línea Liverpool - Manchester en 1826, los avances en el desarraigo de enfermedades gracias a las vacunas, la conservación y transporte de alimentos con garantías, la mayor difusión de información impresa en forma de periódicos y revistas y finalmente el uso, aunque todavía limitado, del agua corriente en viviendas, son algunos avances que afectaron a nuestros parientes lejanos de finales de este siglo XIX complicado y socialmente inestable.

La moda en el vestir seguía su curso, siempre evolucionó a buén ritmo, pero en estos años, especialmente la femenina se hace visualmente mucho más alegre, optimista y liberada. Tienden a desaparecer los apretados corsés y otras formas molestas de realzar la figura, el avance también en la manufactura de los tejidos prodiga prendas mas ligeras, cómodas y funcionales, y el colorido y el uso de complementos se generaliza. 
Entre estos complementos el sombrero es prenda imprescincible e importante y su uso se hace extensivo tanto en las damas de toda condición como en los caballeros. Zuloaga se vió inmerso en aquel París exuberante de vida y alegría y en la obra que vemos del año 1906 cultiva con delicadeza el detalle en el vestir y especialmente en la belleza de los sombreros. Aunque suele insistir en la mantilla española a la hora de llevar a cabo muchos de los retratos que le fueron encargados a lo largo de su vida, es en las obras de estos años donde más utiliza esta otra prenda para realzar la belleza femenina. 
Así, nos sorprende con uno negro e indefinido pero lleno de sensualidad y movimiento en la Carta de 1898, vuelve a emplear esta clase de tocado en Parisienses dos años después adornando dos elegantes damas, en el que una de ellas casi con seguridad es la misma modelo que aparece en esta de la tía Luisa, comprobarlo. Del año 1907 traemos españolas y una inglesa en el balcón, la inglesa la de la derecha por el color mucho más pálido de su piel y luciendo un sombrero contagiado de los tonos oscuros y fríos de la obra. En fín, como Zuloaga hubo pocos con la facilidad y elegancia con la que "tocaba" las cabezas de sus modelos; ver tambien Retrato de actriz, 1909, Señora de Patino, ó retrato de Annie Bourdin.

jueves, 25 de enero de 2018

ignacio zuloaga - torero de pueblo -1896-1900


Zuloaga no se limitó a ser un simple aficionado a la fiesta taurina como hay tantos en nuestro país sino que en algún momento de su juventud más temprana posiblemente anheló llegar a ser un verdadero maestro en este arte. Lo demuestra el hecho de acudir con frecuencia, a partir del año 1895, a una pequeña placita con aires de escuela que el diestro sevillano Manuel Carmona había preparado muy próxima a la antigua Escuela de Tauromaquia, en el antiguo barrio de la judería, hoy barrios de Santa Cruz y San Bartolomé; allí Zuloaga pudo aprender del maestro el uso del capote y la muleta y su entusiasmo lo llevó a participar en algunos festejos en pueblos andaluces con cierta gracia y desenvoltura. Se dice que llegó a matar hasta dieciseis reses, puede ser; pero tenemos constancia al menos de una de sus actuaciones por un cartel existente del 17 de Abril de 1897 en la que figura con el apodo de el Pintor y en el que, como podeis ver en dicho cartel se lidiaron 2 novillos de capea y dos de muerte. El mismo confesaría más adelante que no le salieron esa tarde muy bién las cosas y entre alguna cogida con susto y su otra aficción mucho más dedicada y exitosa, dejó lo taurino como actividad, que no como pasión.
 En efecto, toda su vida siguió con el veneno de los toros en su sangre, no solo acudiendo a tertulias y festejos ó frecuentando amistades de ese mundillo, ganaderos y toreros, sino que a menudo  se erigió en promotor de eventos taurinos, muchos de ellos de carácter benéfico. Su amistad con el maestro Juan Belmonte, torero ilustrado y muy aficionado a la literatura, es bién conocida, existiendo entre ambos una profunda admiración.
Hasta una edad muy avanzada siguió siendo invitado con frecuencia  a fincas y tentaderos de amigos, donde se moría por dar unos capotazos a lo que le echaran. He leído qué, por ejemplo y para los que esteis más duchos que yo en la tauromaquia y sus entresijos, acudía al cortijo Zahariche, cercano a Lora del Río que pertenecía a Félix Urcola, ó al de San Pelayo, en Zamora donde el Marqués de Villagodio le ponía a su disposición sus reses, ó a la dehesa de Aldeanueva perteneciente al señor Baeza. A los 72 años todavía fué capaz de torear becerros en la finca Navalcaide que el famoso Domingo Ortega poseía enVillalba.

Por tanto no es de extrañar que sean numerosas las obras llevadas a cabo por Zuloaga sobre el tema taurino, pero este torero de pueblo que estamos viendo, es, para mi gusto, de las mejores de ésta etapa andaluza.Tiene un encanto especial conseguido sin dudarlo por el acierto en el color y en el empaque de la postura del torero. Primeramente los tonos son suaves y delicados, sin estridencia ninguna, armónicos y carentes de negruras ni contrastes violentos: pienso que es en éste aspecto el cuadro más velazqueño de toda su carrera, característica que se nos presenta de nuevo al observar lo segundo, la postura, el movimiento reposado, de una elegancia que vuelve a recordar al genio sevillano. Cuantas figuras de éste último se asientan del mismo modo inigualable, como, sin ir más lejos, el Duque de Spínola en su famosa Rendición de Breda ó algunos de los personajes de La fragua de Vulcano.

En fín, acabamos esta entrada presentando varios cuadros de Zuloaga relacionados con la fiesta de los toros, son:

-toreros de pueblo, 1906
-la víctima de la fiesta, 1910, espectacular, perteneciente a la Sociedad Hispánica de Nueva York.
-Belmonte en plata , ya de 1924, que encontrareis en el Museo Zuloaga del castillo de Pedraza, Segovia

jueves, 11 de enero de 2018

ignacio zuloaga - víspera de la corrida 1898


Entre los 22 y los 27 años, de 1893 a 1898, Ignacio Zuloaga pasó largas temporadas en su país natal , principalmente en Andalucía. A pesar de París, es evidente que Zuloaga siempre estuvo enamorado de España. Así, alquila un local en la casa de los Artistas, cercana a la conocida Alameda de Hércules de Sevilla, y también en Alcalá de Guadaira, población cercana a ésta capital, y en especial durante los meses de otoño e invierno los convierte en su estudio de donde saldrán algunas de sus obras más conocidas.
Entre ellas estaría la que vimos anteriormente, mujer de Alcalá de Guadaira, y la que ahora veis, Víspera de la corrida, en la que como se puede observar, insiste en el uso del color negro en todos los caractéres; cada uno de los protagonistas se llevan su ración, algunos más, otros menos, mientras los dos perros para mi gusto, sin apenas rastro de él, lucen un magnífico colorido que les aporta un maravilloso porte y prestancia. El galgo del primer plano, en especial, es formidable.
Como contrapunto, y esa será siempre la tónica en toda su obra, aparecen luminosos y cálidos colores en vestidos, cielos y fondos, consiguiendo un precioso equilibrio tonal que embellece todo el cuadro.

No en vano esta pintura, el mismo año de su ejecucción, consigue el premio del Rey en la Exposición de arte de Barcelona. Previamente Zuloaga ya había expuesto en París, tres años antes, seis obras llevadas a cabo durante esta estancia andaluza a la que nos estamos refiriendo; se trataba de:
Elegancia, Pelando la pava, Fanfarronada, En la glorieta, Flamenca y El reir de la gitana.

Las obras fueron ensalzadas por la crítica parisina, pero en nuestro solar hispano sin embargo ninguna de sus obras en aquellos años tuvieron tanto éxito, y Vispera de la corrida fué rechazada para representar a España en la famosa Exposición Universal de la capital gala del año 1900, al ser considerada un tanto caduca, llegando a decirse que ofrecía una imagen estereotipada del carácter de nuestro país, con los sempiternos toros, bailaoras, aunque no lo fueran, y claveles. A dicha exposición sí concurrió otro pintor español de 27 años, Joaquín Sorolla, con su obra !Triste herencia!,  por la que le fué concedido el codiciado Grand Prix. Zuloaga entonces decidió presentarla en otra exposición de ese mismo año, la de Bruselas Libre Esthétique, e inmediataente fué adquirida nada menos que por el mismísimo estado belga para formar parte de los Museos Reales.

ignacio zuloaga - mujer de alcalá de guadaira- 1896


Casi todas las biografías que podais consultar sobre el pintor español Ignacio Zuloaga pasarán casi de puntillas sobre su estancia ó estancias en el París artísticamente efervescente de finales del siglo XIX que necesariamente debieron ejercer una gran influencia en el jóven. La exposición que comenzamos a presentar con esta primera obra tratará de mostrarnos un Zuloaga algo diferente de ese pintor un tanto ceñido en su obra a la muestra de una España representada por tipismos y ambientes que, aunque indudablemente eran realidad y reflejaban el resultado de todo un siglo de decadencia en su posición internacional política y económicamente, no eran necesariamente ni mucho menos lo único representativo de éste país. Aunque no le ayuda para nada a proponer una visión más optimista y alegre la utilización sistemática de los tonos muy oscuros hasta en la misma iluminación de sus temas, no es menos cierto que nos encontramos ante un verdadero maestro en el uso de colores vivos llenos de vida y calor.

-oiga, a pesar de todo lo que nos ha contado, veo que el negro en ésta señora de Alcalá de Guadaira, brilla por su ausencia.

No me ha dejado usted acabar; efectivamente tiene toda la razón,  la obra que traemos, mujer de Alcalá de Guadaira, llevada a cabo probablemente en una de sus frecuentes visitas a España desde el París que por esos años era su residencia permanente, corrabora sin ninguna duda lo que le decía sobre su otra paleta mucho mas rica.
Es sorprendente, no hay atisbo alguno del negro ni de ningún tono que pueda definirse como oscuro. La obra, de las primeras que encontramos al visitar la exposición de Mapfre, llama poderosamente la atención por su precioso colorido y sus dimensiones , 173 x 97 cms, pero veremos que no será la única. La magnífica entonación de los tres colores, verdes, naranjas y blancos enmarcan el bello rostro de la muchacha de soberbia ejecución que demuestra el gran retratista que ya por entonces era Zuloaga a sus 26 años.  

miércoles, 10 de enero de 2018

henri de toulouse-lautrec - gaston bonnefoy 1891


Con esta entrada comenzamos hoy a presentar una Exposición, a punto de finalizar en el palacio de Villahermosa de Madrid, hoy convertido en Museo Thyssen Bornemisza, en la que se ha tenido la feliz idea de dar encuentro a dos pintores distanciados en el tiempo casi una veintena de años y aparentemente alejados artísticamente y que coincidieron durante unos años en París. Sin embargo el acierto es hacerlos corresponder en esa franja de su carrera en que ambos convergen y, sin apenas conocerse personalmente, se sienten atraídos por temas parecidos y emplean en sus obras una forma de hacer asombrosamente similar.
Piénsese que la obra más temprana de Toulouse-Lautrec que encontramos en esta exposición la lleva a cabo cuando Picasso contaba tan solo un año de edad, lo cual quiere decir que cuando el malagueño llega al París de comienzos de siglo ya el maestro francés de treinta y tantos es un pintor consagrado e influyente a la cabeza de la vanguardia. Ahora bién, todas las obras que podemos ver aquí del español, exceptuando unas pocas claramente fuera de éste período, obras ya mucho más recientes, son de un espacio de tiempo de tan solo cinco años, entre 1900 y 1905, y las más producidas en un solo año, 1901.

Picasso sentía una predilección y admiración especial por su colega Lautrec y, en las obras que vamos a tener la suerte de ver, el estilo, la propia técnica y el tema son extraordinariamente similares a los del pintor de Albi. A la inversa no se produce el mismo fenómeno; Henri es ya demasiado maduro y firme en su obra, y, desgraciadamente no puede sentirse ni influido ni nada por nuestro pintor sencillamente porque muere con 37 años el mismo año 1901, esto es Picasso es para él lo que vulgarmente se dice "visto y no visto". A su vez este último pasa como una exhalación por éste corto período de influencia y continúa su velocísima carrera artística recibiendo constantemente influjos de todos los tipos y evolucionando casi febrilmente hasta su muerte 72 años después de la de Lautrec. 

 Esta primera obra que presentamos pertenece a una serie de retratos que Toulouse Lautrec completó para que se exhibieran en el llamado Salón de los Independientes de París, que desde 1884 reunía a todos aquellos artistas que, por una razón u otra, se consideraban desligados del academicismo y la oficialidad artística imperante. Naturalmente Lautrec era uno de ellos y no faltaba a la cita que todas las primaveras presentaba al público parisino lo más avanzado y, especialmente, lo más personal y libre que en materia de arte se estaba produciendo en Europa. No se daban premios y, por supuesto, no existía jurado alguno aunque cualquiera podía comprar, como supondreis, cualquiera de las obras exhibidas. Así continúa siendo hoy día mientras el número de éstas fué a lo largo del tiempo aumentando sin cesar; el año 1926 se presentaron nada menos que 3726 trabajos. Una exposición retrospectiva de Lautrec se llevó a cabo en 1902, tan solo un año después de su muerte.

La obra que vemos pertenece al Museo Thyssen y la menciona el mismo pintor en una carta de ese mismo año dirigida a su madre en la que también cita otro retrato de Louis Pascal que está a punto de comenzar; al final añade: "espero que no sean demasiado feos". Por supuesto ninguno de los dos salió demasiado feo, más bién lo contrario y además Henri los adornó con una elegancia impecable como correspondía a caballeros de mundo, socialmente activos, independientes y solventes, a los que se podía sin ninguna restrinción aplicar un término muy de moda en el París de finales de siglo, boulevardier, literalmente el paseante o asiduo de los elegantes paseo-boulevars que tanta distinción y belleza aportan a la ciudad del Sena.
Ahora observemos otros dos retratos llevados a cabo también para el mismo Salón, los del médico y amigo del pintor Henri Bourges y el del también amigo y fotógrafo Paul Sescau, del que conocemos una fotografía de Toulouse Lautrec: ambos, y los de Bonnefoy y Pascal, son en su composición, color y técnica empleada de gran similitud, igual de sueltos, precisos de dibujo y con la misma economía de medios, son , en dos palabras, igual de modernos y avanzados. En ellos Lautrec ha empleado una técnica a base de mezclar el óleo con aceite de trementina, aguarrás para entendernos, mezcla que hace que el efecto brillante del aceite de la pintura se desvanezca un tanto dando lugar a tonos muy mates, cosa que gustaba a nuestro pintor especialmente para retratos y carteles. Todos estan pintados sobre cartón lo que acentúa más este efecto liso y mate.
Picasso, ocho años después, lleva a cabo uno de sus retrato de hombre, a la aguada con lápiz y carboncillo, donde la soltura de línea y su rapidez y precisión son como tomados de cualquiera de los retratos del francés que estamos viendo; especialmente fijémosnos en el rayado nervioso y aparentemente descuidado de las pinceladas en un caso y el carbón ó el lápiz en otro. En ambos casos lo más asombroso y felíz es el abandono total de cualquier rastro de academicismo, de toda preocupación por la representación estrictamente real de las cosas, y si no, véase el zapato derecho de Bonnefoy ó la mano en el bolsillo del Hombre de Picasso. Desaparecieron para siempre los elaborados y perfectos pliegues de los tejidos y la precisa anatomía humana tan alabada y admirada en todas las épocas.